La Moraleja: degradación consentida, pasividad vecinal y cinismo político
El lento, lánguido y lastimoso deterioro de La Moraleja parece no importale a nadie
02/02/2026
La situación actual de La Moraleja no es fruto de un error puntual ni de una decisión aislada. Es la consecuencia directa de años de políticas urbanísticas permisivas, sostenidas por distintos gobiernos municipales, que han ido transformando progresivamente una de las urbanizaciones más singulares de España sin debate público real y sin asumir responsabilidades.
Pero antes de señalar únicamente a los responsables políticos, conviene decir una verdad incómoda: todo lo que está ocurriendo en La Moraleja ha sido posible porque se ha permitido. En esta urbanización viven banqueros, grandes abogados, empresarios, directivos, deportistas y artistas con patrimonios muy elevados. Sin embargo, cuando ha tocado defender el entorno, la respuesta colectiva ha sido decepcionante: comodidad, desunión y una pasividad casi estructural. Mucho lujo hacia dentro y muy poco compromiso hacia fuera.
Durante años se ha mirado hacia otro lado mientras el entorno se degradaba. No se ha querido articular una defensa común, ni ejercer presión institucional constante, ni anticiparse jurídicamente a decisiones urbanísticas que eran perfectamente previsibles. Se ha confiado en que otros resolverían el problema. El resultado es el actual: deterioro progresivo, pérdida de calidad de vida y una sensación generalizada de engaño cuando los proyectos ya están ejecutados y no hay marcha atrás.
A esta pasividad vecinal se ha sumado una forma de gobernar basada en el relato y no en la protección real del territorio. Se han presentado proyectos con argumentos amables, se han ocultado condicionantes urbanísticos clave y se ha evitado explicar con claridad el impacto acumulativo de determinadas licencias. El caso más evidente es el de una actuación presentada como residencia de ancianos que ha terminado materializándose en 76 viviendas de alto nivel en régimen de alquiler con opción de compra, una fórmula que, en la práctica, introduce densidad residencial en una urbanización diseñada precisamente para evitarla.
No es un hecho aislado. Antes llegaron La Carrascosa, el nuevo colegio en el entorno de la antigua ermita y otros desarrollos que, uno a uno, han ido incrementando tráfico, rotación de residentes y presión sobre la convivencia. La Moraleja se está transformando por decisiones municipales reiteradas y por la renuncia de sus propios vecinos a actuar como una comunidad organizada y exigente.
El deterioro tiene responsables políticos claros. Tanto el anterior gobierno municipal PSOE–Ciudadanos como el actual gobierno del Partido Popular han contribuido a convertir La Moraleja en una zona cada vez más abierta, más transitada y menos protegida. Calles concebidas para el sosiego funcionan hoy como atajos, la densidad de tráfico es impropia de su diseño y la sensación de pérdida de privacidad y seguridad es cada vez más evidente. A ello se suma el abandono físico: asfaltos deteriorados, mantenimiento irregular y una imagen urbana impropia de una urbanización que debería ser referente del municipio.
En este contexto resulta especialmente llamativo el reciente anuncio municipal de una sanción por la tala sin autorización de cuatro pinos silvestres en una parcela de La Moraleja. Los árboles, de hasta cincuenta años, no estaban secos ni muertos y algunos ni siquiera figuraban en el estudio de impacto ambiental. El expediente sancionador, ampliamente difundido, se presenta como una muestra de firmeza ambiental. Sin embargo, difícilmente puede interpretarse como algo más que una cortina de humo cuando, al mismo tiempo, se permite y consolida un modelo urbanístico que está degradando de forma estructural la urbanización. Mucho ruido por cuatro árboles, mientras se tala, poco a poco, la esencia misma de La Moraleja.
Lo más preocupante es que todo este proceso se produce sin coste político alguno. A pesar del deterioro evidente, los responsables municipales siguen siendo respaldados elección tras elección. No hay rectificación, no hay explicaciones claras y no hay cambio de rumbo. Se gobierna con la tranquilidad de saber que la degradación no se penaliza en las urnas. La mediocridad se cronifica porque no tiene consecuencias.
La Moraleja no se ha deteriorado de golpe. Ha sido un proceso lento, acumulativo y perfectamente evitable. Y ha sido posible porque durante demasiado tiempo se ha normalizado el silencio, la comodidad y la resignación. No por falta de medios, sino por falta de voluntad colectiva.
Si los vecinos no asumen un papel activo en la defensa de su entorno, nadie lo hará por ellos. Exigir responsabilidades políticas reales, vigilar las decisiones urbanísticas y penalizar electoralmente a quienes degradan la urbanización no es una opción ideológica: es una necesidad básica de autoprotección. Mientras los responsables sigan actuando sin coste alguno y la reacción llegue siempre tarde, La Moraleja seguirá perdiendo aquello que la hacía única.
La degradación actual no es inevitable. Pero sí es consecuencia directa de decisiones políticas reiteradas y de una pasividad vecinal prolongada. Y esa combinación, si no se rompe, tiene un final perfectamente previsible.
Jesús Ulloa
Presidente de Alcobendas Sin Más