Alcobendas: cambiar el logo mientras la ciudad se cae a trozos

Hay decisiones que definen una forma de gobernar. No por lo que son, sino por lo que demuestran

02/05/2026

El cambio de la imagen corporativa en Alcobendas no es un simple rediseño. Es un síntoma. Es la prueba de que quien dirige esta ciudad vive más pendiente de la foto que de la realidad.

Porque mientras los vecinos esquivan aceras en mal estado, parques abandonados y una limpieza cada vez más cuestionada, el Ayuntamiento decide que lo urgente es cambiar un logo.

Un logo.

No mejorar los barrios. No reforzar la seguridad. No solucionar el tráfico. No abordar el problema de la vivienda. Cambiar un logo.

Y hacerlo, además, sin preguntar a nadie. Porque esa es otra: aquí no se consulta, no se escucha y, desde luego, no se rinde cuentas. Se decide desde arriba y se comunica después, esperando que los vecinos aplaudan. Pero esta vez no ha colado.

La reacción ha sido inmediata: rechazo, incredulidad y una sensación compartida de que algo no encaja. Que esto no va de diseño. Va de otra cosa.

Va de una obsesión. La obsesión por la imagen. Porque esto no es un hecho aislado. Es la continuación de una forma de hacer política donde lo importante no es que las cosas funcionen, sino que lo parezca.

Se presume de reconocimientos, de títulos grandilocuentes, de etiquetas que suenan bien en titulares. Se vende Ciudad Europea del Deporte como si fuera la prueba de una gestión impecable… mientras las instalaciones deportivas presentan un estado que cualquier usuario conoce de primera mano: mantenimiento irregular, deterioro evidente y servicios que no están a la altura de lo que se anuncia.

Se habla de ciudad moderna, conectada y sostenible… mientras los atascos siguen siendo el pan de cada día y hay zonas donde algo tan básico como la cobertura móvil falla. Sí, en pleno 2026, en una ciudad que presume de vanguardia.

Y ahora, como colofón, el logo. Un cambio que algunos intentarán vender como algo “menor”, pero que no lo es. Porque no se trata solo de una imagen en una web. Estamos hablando de rehacer la rotulación de vehículos municipales, señalética, edificios públicos, documentación oficial… es decir, dinero. Dinero público. Dinero que sale del bolsillo de los vecinos para resolver un problema que nadie había planteado.

¿De verdad esta era la urgencia? Pero hay algo aún más preocupante. Si la identidad visual de una ciudad cambia cada vez que cambia el gobierno, entonces deja de ser identidad para convertirse en propaganda. Hoy es un color. Mañana será otro. Y pasado, otro distinto.

¿De verdad queremos una ciudad que cambie de piel cada cuatro años según quién esté en el despacho? ¿De verdad nadie ve el disparate? Porque entonces el mensaje es devastador: que los símbolos de todos no son de todos, sino del que gobierna en cada momento. Y eso sí que rompe una ciudad.

Porque cuando los vecinos dicen “ese escudo no me representa”, no están opinando sobre colores o tipografías. Están diciendo que se sienten apartados. Que lo que es de todos se está decidiendo sin todos.

Y eso tiene un coste. Un coste en confianza. Porque cuando cambias lo simbólico sin consenso, cuando priorizas lo superficial sobre lo esencial y cuando gobiernas sin escuchar, lo que pierdes no es un debate puntual. Es credibilidad.

Y entonces empiezan las preguntas incómodas.

¿Quién decidió esto?

¿Con qué criterio?

¿Cuánto va a costar realmente, más allá del diseño?

¿Era necesario tocar lo que funcionaba?

Y la peor de todas:

¿En qué están pensando?

Porque mientras se rediseña la fachada, la casa sigue teniendo grietas. Y cada día son más visibles.

Este no es un debate sobre un logo. Es un debate sobre prioridades. Sobre respeto a los vecinos. Sobre si el Ayuntamiento está para gestionar una ciudad… o para construir un escaparate. Porque Alcobendas no necesita un nuevo diseño. Necesita volver a tener dirección.

Y eso no va a venir de un despacho ni de una campaña de imagen. Va a venir cuando los vecinos de Alcobendas dejen de mirar hacia otro lado y empiecen a exigir lo que es suyo. Que se priorice lo importante. Que se cuide lo común. Que se escuche a quien paga, vive y sostiene esta ciudad cada día.

Porque lo que está en juego no es un logo. Es la identidad de una ciudad que no quiere ser un decorado. Es el respeto a unos vecinos que están cansados de titulares vacíos y realidades incómodas.

Y es, sobre todo, una pregunta que ya no admite más silencios:

¿Para quién se gobierna Alcobendas?

Porque si no es para sus vecinos, que lo digan claro.

Y si lo es, que lo demuestren.

Sergio Martínez
Vicepresidente de Alcobendas Sin Más

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